Ekebergparken (Noruega): el gran parque escultórico de Oslo

El predio, que alberga decenas de esculturas e instalaciones de artistas internacionales, posee una vista panorámica de la ciudad y los fiordos que la circundan.
Por Ignacio Marchini

Cuando la Fundación C. Ludens Ringnes compró el Restaurante Ekeberg, el lugar estaba en ruinas. Hacía tiempo que el local estaba destruido y el parque que lo rodeaba estaba en pésimas condiciones, luego de muchos años de abandono. Muy lejos se encontraba de la gloria que supo tener en la década del treinta, cuando era un reconocido lugar para ir a cenar y bailar en las afueras de Oslo, al sur de la capital de Noruega. Más lejos estaba aún de ser el paisaje por el que paseó Edvard Munch y que, supuestamente, lo inspiró para pintar su famosísimo cuadro El grito.

A tan solo quince minutos en auto de la capital del país escandinavo, el restaurante fue comprado en 2003 por la fundación que preside Christian Ringnes, un multimillonario empresario noruego que se dedica al coleccionismo de arte. Diez años y varios millones de coronas noruegas después, se inauguró en 2013 el Ekebergparken (Parque Ekeberg), un espacio dedicado a la comunión entre naturaleza y arte, uno de los preceptos de la corriente conocida como land art, según la cual la interpretación de una obra se completa con el paisaje sobre el que es montada. Actualmente, el parque cuenta con cuarenta y cinco esculturas de artistas reconocidos internacionalmente, con piezas cuyo origen va desde finales del siglo XIX hasta el último lustro.

El recorrido por estos últimos 150 años de historia del arte escultórico abarca los más diversos estilos. Así, es posible encontrar la versión surrealista de la Venus de Milo de Salvador Dalí, con cajones incorporados en el cuerpo; las esculturas Eva y Cariátide tombée à l’urne, ambas del padre de la escultura moderna, Auguste Rodin; el arte irónico y exagerado de Sarah Lucas, una de las integrantes del grupo Young British Artists, afín a las “tácticas del shock”; la figura abstracta The Couple, de Louise Bourgeois, la fundadora del arte confesional que se dedicó a expresar la ansiedad y la soledad de la existencia humana; o las piezas modernas del autor norteamericano Tony Oursler, conocido por su destreza en la manipulación de la luz, el sonido y el movimiento a la hora de crear sus videoinstalaciones.

Además de las caminatas guiadas, el Ekebergparken ofrece participar de tres intervenciones ideadas por el artista estadounidense James Turrell. Dos de ellas son experiencias lumínicas creadas a partir de la modificación de un viejo depósito de agua que data de 1920. En las sesiones Sunset y Sunrise, se observa tanto el amanecer como el atardecer desde una habitación, en la que se combinan la luz del sol con iluminación instalada en el espacio para generar una experiencia sensorial y lumínica única. Durante el día, es posible ingresar para hacer el recorrido de Ganzfeld, que juega con las mismas ideas de combinar el color con la luz natural y artificial. Por último, el tour Cognitive & Dissonance, del mismo artista, solo es apreciable durante el ocaso en invierno y consiste en pararse en lugares específicos para escuchar un diálogo de voces masculinas y femeninas que se conjugan con proyecciones sobre los árboles. 

Considerado por The Wall Street Journal como uno de los cinco mejores parques de esculturas del mundo, a la par de icónicos lugares como el Storm King Art Center, el Parque Ekeberg es propiedad de la municipalidad de Oslo, que le otorgó los derechos de operación a la Fundación Ringnes por el plazo de cincuenta años, encargada asimismo de proveer todas las obras de arte. Dentro del predio hay, además, un museo que presenta la historia y la naturaleza del área de Ekeberg, un café, una tienda de regalos y el histórico restaurante.

La inauguración no estuvo exenta de polémicas. Ringnes explicitó que el parque era un homenaje a la “inspiración femenina”, lo cual le valió no pocas críticas por parte de activistas feministas que la consideraron una actitud paternalista y machista. Asimismo, se ganó el repudio de organizaciones ambientalistas que protestaron por la tala de árboles y el impacto sobre el ecosistema que tuvo el desarrollo del proyecto. Incluso, hubo quienes consideraron al mega emprendimiento como el intento de un multimillonario de inscribirse en la historia de Oslo a través del dinero.

 

 

 

 

 

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