Naoshima (Japón): la isla del arte

Uno de los destinos más exóticos y lejanos relacionados al mundo del arte. A diez horas de Tokio se encuentra esta pequeña isla rebosante de propuestas para visitar; desde obras y esculturas de artistas contemporáneos, hasta museos y edificios con una arquitectura onírica.
Por Martín Sanzano

Una pequeña isla del Mar Interior de Seto, Japón, se convirtió hace décadas en el rincón más remoto para disfrutar del arte. Se trata de Naoshima, globalmente conocida como “la isla del arte”, un pedacito de tierra que flota entre Okayama y Takamatsu, y en donde maridan los paisajes naturales más maravillosos del continente asiático con una exquisita colección de obras e instalaciones arquitectónicas. 

En Naoshima conviven los Nenúfares de Claude Monet y el hormigón pulido del arquitecto japonés Tadao Ando, diseñador de todos los museos de la isla, con las calabazas coloridas de Yayoi Kusama -uno de los símbolos del lugar- y las mejores postales del archipiélago de Seto. En apenas ocho kilómetros cuadrados, la isla ofrece a sus visitantes playas, colinas, parques, casas, museos y los atardeceres más instagrameables que se hayan visto en Japón.

El recorrido se puede dividir en tres zonas: el puerto de Miyanoura, los museos de Benesse House y el barrio tradicional de Honmura. Todo comienza con la llegada en ferry a la nueva terminal, denominada Marine Station Naoshima, obra del estudio de arquitectura SANAA. Allí nos recibe la enorme calabaza roja de Kusama, un primer indicio de lo que nos espera en este viaje. 

También se pueden apreciar -e incluso interactuar con- las instalaciones Bunraku Puppet, de Jose de Guimarães, y Naoshima Pavillion, de Fujimoto Sou. Y muy cerca está la famosa casa de baños (sento) I love Yu de Otake Shinro, una instalación artística que se puede utilizar y funciona a la perfección. De hecho ya es una costumbre de los vecinos de Naoshima acudir a bañarse allí.

El acceso a la zona de los museos de Benesse House es únicamente a pie o a través de un autobús gratuito. Una vez adentro, lo mejor es comenzar el recorrido por el Chichu Art Museum que diseñó Tadao Ando, una enorme estructura de hormigón enterrada en el piso que utiliza únicamente luz natural para iluminar sus espacios. En una de las salas, podemos apreciar la serie Nenúfares de Monet; en otra, diseñada por Walter De Maria, una esfera de dos metros de diámetro y veintisiete esculturas de madera cubiertas en paneles de oro. Además, hay una sala dedicada a la obra Open Sky de James Turrell. 

El paseo puede continuar al aire libre, con una recorrida por el parque de los cerezos. Entre los árboles, seguramente llamará la atención de los visitantes un cesto de basura gigante. Se trata de Another Rebirth 2005-N, una obra que el japonés Kimiyo Mishima construyó a partir de desechos industriales y material descartado de una fábrica de baldosas.

También está el museo Lee Ufan, dedicado exclusivamente al artista contemporáneo coreano. Y finalmente se puede conocer el Benesse House Museum, que ofrece lo mejor del arte moderno con la posibilidad de alojarse en una de sus lujosas -y costosas- habitaciones. Hay de todo, desde cafeterías y librerías hasta un spa, y decenas de obras como One Dollar de Yukinori Yanagi, Diego sur Stele I de Alberto Giacometti o 60 Minute Walk de Richard Long.

En el exterior del Benesse House Museum, entre otra veintena de obras, vemos la típica postal de Naoshima: la emblemática calabaza amarilla de Yayoi Kusama, la famosa artista contemporánea japonesa que revolucionó al mundo con su manía por los lunares, los colores y las instalaciones de espejos infinitos. La escultura, de dos metros de alto y dos metros y medio de circunferencia, fue instalada en 1994 en un pequeño muelle a orillas del mar, y permaneció allí hasta agosto pasado, cuando un fuerte tifón la arrastró al agua y la hizo rodar entre las olas, provocándole daños severos. Afortunadamente, ya fue rescatada y están trabajando en su restauración.

Pero la visita a Naoshima no estaría completa sin un recorrido por Honmura, el barrio tradicional de la isla, donde la arquitectura portuaria de Oriente se mezcla con el arte callejero de los propios vecinos y el arte contemporáneo que transformó la vida de este rincón japonés para siempre. Para eso fue clave el trabajo de Art House Project, la propuesta que convirtió en galerías de arte y salas de exposición las casas antiguas, talleres, y hasta algún templo (Minamidera) y santuario (Goo) de la zona. 

El tour termina donde comenzó, en el puerto, pero con la mente cargada de imágenes. El ferry parte al atardecer, justo a la hora dorada, y la vista se posa en el horizonte para tomar la última foto del día.

 

 

 

 

 

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