Viernes, 12 Junio 2026

Cementerio de la Recoleta

Mausoleos monumentales, esculturas excepcionales y personajes históricos que marcaron el destino del país lo convierten en una de las necrópolis más célebres del mundo.
Por Martín Sassone

 

Presidentes, premios Nobel, escritores, héroes nacionales y figuras que marcaron el rumbo político y cultural del país comparten allí su descanso eterno. Entre mausoleos monumentales, esculturas de mármol y relatos que mezclan historia y mito, el de la Recoleta es uno de los espacios patrimoniales más fascinantes de la ciudad de Buenos Aires y una de las necrópolis más célebres del mundo.

Ocupa los terrenos que antiguamente formaban parte de la huerta del convento de los monjes recoletos, cuya presencia dio nombre a la zona. Junto a la cercana Basílica Nuestra Señora del Pilar, constituye uno de los conjuntos históricos más emblemáticos de la ciudad y una parada obligada para turistas y amantes de la arquitectura.

Inaugurado el 17 de noviembre de 1822, fue el primer cementerio público porteño. Su creación formó parte de las reformas impulsadas por el gobernador Martín Rodríguez y su ministro Bernardino Rivadavia, mientras que su trazado original estuvo a cargo del ingeniero francés Próspero Catelin, quien diseñó un espacio inspirado en los grandes cementerios europeos.

Hacia fines del siglo XIX, Recoleta comenzó a adquirir el perfil que hoy la distingue. Con el traslado de las familias más acomodadas hacia la zona norte de Buenos Aires, el cementerio se transformó en el lugar elegido por la élite para construir fastuosos mausoleos y bóvedas familiares que reflejaran prestigio, poder y riqueza.

Actualmente alberga más de 4800 sepulcros distribuidos en apenas cinco hectáreas. Sus calles conforman un verdadero catálogo de estilos arquitectónicos que incluyen el neoclásico, el neogótico, el barroco, el art nouveau y el art déco. Muchas de las construcciones fueron realizadas con materiales importados desde Europa y decoradas con esculturas, vitrales y relieves de gran valor artístico.

Más de 90 bóvedas fueron declaradas Monumento Histórico Nacional, lo que convirtió al cementerio en una suerte de museo a cielo abierto. Cada rincón ofrece una muestra de las corrientes estéticas que marcaron distintas épocas y refleja la influencia cultural europea que predominó en la Argentina durante el auge económico de finales del siglo XIX y comienzos del XX.

Pero la importancia del Cementerio de la Recoleta trasciende su valor arquitectónico. Sus calles guardan buena parte de la historia nacional. Allí se encuentran los restos de presidentes como Domingo Faustino Sarmiento, Bartolomé Mitre, Hipólito Yrigoyen y Raúl Alfonsín, junto a figuras fundamentales de la política argentina.

La tumba más visitada es la de Eva Duarte de Perón. Aunque el mausoleo de la familia Duarte resulta sobrio en comparación con otras construcciones del lugar, la figura de Evita atrae cada año a miles de visitantes. Sus restos descansan en una cripta especialmente protegida, luego de una compleja historia que incluyó el secuestro de su cuerpo durante casi dos décadas tras el derrocamiento de Juan Domingo Perón.

Entre sus bóvedas reposan destacadas personalidades de la cultura y la ciencia. Entre ellas, el escritor Adolfo Bioy Casares, la intelectual Victoria Ocampo, el poeta Oliverio Girondo, el escritor José Hernández, autor del Martín Fierro, el Premio Nobel de Química Luis Federico Leloir y Carlos Saavedra Lamas, primer argentino en obtener el Premio Nobel de la Paz.

Junto a los nombres ilustres sobreviven historias que alimentan el imaginario popular. Una de las más conocidas es la de Rufina Cambaceres, cuya tumba muestra una escultura de la joven al lado de una puerta entreabierta, origen de la leyenda que sostiene que fue enterrada viva tras sufrir un ataque de catalepsia. Otra de las sepulturas más visitadas es la de Liliana Crociati, fallecida trágicamente durante su luna de miel en Austria. Sus padres levantaron un mausoleo singular que la representa vestida de novia y acompañada por su perro Sabú, una imagen que conmueve a quienes recorren sus pasillos.

También forma parte del folklore porteño la leyenda de la Dama de Blanco, vinculada a Luz María García Velloso, cuyo supuesto encuentro fantasmal con un joven de la alta sociedad se transmite de generación en generación desde hace casi un siglo.

 

 

 

 

 

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