Khaled Hourani y la transgresión cromática

El artista de Cisjordania ideó una sandía como símbolo para representar la bandera Palestina. Una naturaleza muerta que se ha vuelto viral en estos tiempos violentos de delirio generalizado.
Por Fernando García

 

La sabiduría popular sostiene que la fruta llamada sandía mezclada con vino produce un efecto letal en quien se atreve a ingerirla cual pócima venenosa escapada de un cuento de hadas centroeuropeo. En la época más oscura de lo que hoy conocemos como Occidente, la cultura islámica produjo acaso su obra maestra: los cuentos de Las Mil y una Noches, cuya influencia ha sido tan grande como para situarse entre la iniciación en la lectura (los libros de cuentos para niños) y la metaliteratura posmoderna (un libro que recopila cuentos que son contados). La islamofobia ya no parece una patología social sino el estado natural de las cosas y olvidamos que en lugar de manzanas envenenadas el mundo árabe nos legó en la imaginación (explotadas sin prejuicios por Disney) lámparas de Aladino, aventuras en los mares de Simbad y acaso el reflejo atávico de dormirnos con un cuento. Leer luego, ser nosotros mismos Sherezade, para conciliar el sueño con un libro.

No son días fáciles para escribir de arte en Palestina, cuya población vive atrapada entre el delirio sangriento de Hamas y la represalia sin precedentes de Israel que parece decidido a exterminar cualquier atisbo de organización social al otro lado de la frontera (si es que la hay todavía). Pero la forma más elemental de la noción de arte, la combinación de colores, puede decir mucho sobre el horror precipitado a uno y otro lado de Gaza. Luego de la Guerra de los Seis Días (1967), la autoridad israelí prohibió en el territorio ocupado el uso de los colores de la no reconocida bandera palestina: rojo, negro, blanco y verde. No solo para combinarlos en la forma identitaria sino para lo que fuera. Se cuenta que en 1980 tres artistas fueron arrestados en una galería de arte en Ramallah por transgredir la prohibición cromática. Uno de los artistas involucrados en el episodio elevó la voz como en aquellos cuentos de (nuestra) era medieval. “¿Y qué pasa si pinto con esos colores una flor?”, cuentan que le dijo al militar que lo arrestaba. La respuesta no pudo ser más taxativa y alienante: “Sería confiscada de inmediato. Daría lo mismo si pintara una sandía”. El artista se llama Issam Badr, nació en 1948 y hasta donde se sabe formaba parte del staff de la galería Zawyeh con sede también en Ramallah y Dubai. La ciudad donde reside la autoridad administrativa de Palestina entró en el radar de la represalia en los últimos meses con un raid de tropas israelíes sin precedentes. En Google Maps la galería es todavía ubicable y se informa que abre mañana desde las 10. ¿Será así? ¿Se puede pensar en ver y comprar arte en Ramallah en junio de 2024?

En Palestina el arte tiene la forma de una sandía desde que un militar israelí usó aquella fruta para enmarcar la prohibición del color según una leyenda que tiene el ADN de Las Mil y Una Noches. Tras el fracaso de los acuerdos en la cumbre de Oslo de 1993 otro artista palestino llamado Khaled Hourani (1965) decidió pintar la fruta prohibida: una sandía roja, negra, blanca y verde. Lo hizo en 2007 para una obra llamada El Atlas Subjetivo de Palestina (lo que podría ser un cuento de Borges) y de ahí en más fue replicada en diseños, tatuajes, obras de otros pintores palestinos usando una sandía que, en otras manos y ojos formaría parte de lo que cualquier aficionado llamaría “naturaleza muerta”. Hasta esta forma ya vuelta decorativa de la pintura es difícil de ser llamada por su nombre en este contexto. Se vuelve de una insolencia indecorosa. 

Pero no hablamos de arte sino de sandías y de cómo evitar mezclarlas con vino. Que, se sabe, tiene el color de la sangre. 

 

 

 

 

 

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