Mondongo: la imaginería gótica de la cultura pop

La bitácora de una visita a la impactante exposición que el dúo realizó en la galería Barro en 2021, es el disparador para pensar la emoción visceral y despellejada que, a veces, puede producir el arte.
Por Fernado García

 

Anotaciones en una libreta pequeña: Buenos Aires, noviembre de 2021.

Muestra Conejos Blancos de Mondongo en La Boca, galería Barro. 

 

Se escucha a una mujer decir que se tomó un micro desde Tandil solo para ver la muestra mientras otros deambulan por el enorme galpón reconvertido en sala buscando a los artistas, a los Mondongo, como se espera a los actores en la puerta del teatro, intuyendo quienes pueden ser en la oscuridad (no son celebrities al fin). Ni libro de visitas (que arcaísmo) ni mensajito en las redes, esto es performático (la gente peregrinó hasta aquí) ya que las palabras aquí son dichas casi con devoción y en la cara. La destinataria es sobre todo ella, Juliana, que es la que agarra la pala (en una muestra del despliegue físico que tienen las obras) para descubrir un enorme retablo medieval que tras sus puertas descubre la Piedad Invertida en hilos de plastilina que impactan como óleo. 

Pero acá no es María la que sostiene a Cristo muerto sino Francisca, la hija de Manuel Mendanha y Juliana Lafitte, la que sostiene a la madre. Mondongo empezaron siendo tres, pero desde hace mucho tiempo quedaron dos que actualizan el dúo en la obra y en la vida que Delia (Cancela) & Pablo (Mesejean) hicieron en los 60. La conmoción cuando Juliana corre el velo es comprensible. De Michelangelo (1498) a Käthe Kollwitz (1933), a la Pietá la llevamos ojos adentro y cuando este público de sábado por la tarde (es más una función que una visita) advierte las formas en la pintura de plastilina, el arte ataca, y una memoria inconsciente se materializa visceral, sin mediaciones. Lo dice el silencio que se hace en la sala como si Lafitte hubiera abierto La Boca a un abismo sensible pero también al llanto. Sí, alguien llora, ahora. Alejandro Jodorowsky decía que cuando una obra de la antigüedad hace centro en el alma es porque quien la mira está sintiendo lo mismo que sintieron aquellos que la pintaron. Bitácora de millas de horas de entrevistas. Lo dijo en el ex City Hotel cuando le comenté mi debilidad por la escuela flamenca y pienso que lo mismo debió pasarle a Juliana cuando lloró frente a un Goya en el Prado o a Delia Cancela quien se desarmó la primera vez que estuvo frente a un Rothko. Ahora hay alguien que llora (mucho) frente a la Pietá de los Mondongo (“Los Mondongo” está bien, son como una banda, así como Delia & Pablo querían ser Sonny & Cher pintando y diseñando). A la apertura del retablo le sobrevino la sensación de que un ser amado volvía de la tierra, de abajo de la tierra, para abrazarla de nuevo. Y se quedó inmóvil llorando. Demasiado dolor en su nombre como para andar preguntando. Lágrimas de arte y de vida. 

Es que ya fuera con el paisaje (el panorama 360 que habían presentado en el Moderno una década atrás) o los retratos, las obras de Mondongo remiten a una idea muy arraigada de lo que es “arte” aunque sin negociar un milímetro en los materiales y la estrategia que las empujan al límite entre lo sacro y profano. En La Boca, la reconstrucción de una villa berniana (la idea que tenemos de un barrio precario after Berni) coexiste con un enigmático baptisterio, retratos sin cara enmarcados en óvalos de madera, la idea de un túnel como pasaje a la dimensión estética. Dice en la libreta pequeña “Black Sabbath Quattrocento”. Es por una luz que pega contra un cuadro circular y hace que el reflejo de una cruz farmaceútica se vea como una cruz cristiana traslúcida y antigua, aunque sea del ahora mismo de la luz eléctrica. “Black Sabbath Quattrocento” entonces: el encuentro azaroso de la imaginería más gótica de la cultura pop con aquello que cinco siglos igual sigue arraigado al pueblo como “arte”. Nada de estas cosas son habituales en una galería de arte contemporáneo sino que se revelan en la esfera de lo carismático. Al galpón profanado (porque ya no hay industria) por el arte Mondongo le restituye la energía sagrada pero no de los íconos sino del barrio obrero. Por eso el acto performático de hacer visible una obra utilizando una pala roza lo político. Se agarra la pala, sí, como se exige al que está expulsado del sistema, pero ahora para abrir las puertas de la emoción despellejada (el llanto en cascada de esa mujer). 

 

 

 

 

 

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