Tracey Emin: la intimidad como forma

Conocida por el carácter confesional de su obra, en el video Why I never became a dancer narra en primera persona sus días de desenfreno adolescente en Margate, su ciudad natal en la costa del Reino Unido.  
Por Fernado García

 

Lo primero que recuerdo de Tracey Emin es el estado deplorable de su dentadura. Ya era una de las estrellas de los YBA (Young British Artists) cuando el canadiense Philipp Larrat Smith movió los hilos de su influencia para traer una muestra de videos a Malba en 2012. Solo el nombre del discutido Damien Hirst (cuya imagen de un tiburón australiano conservado en formaldehído es irreemplazable para ilustrar el arte contemporáneo) estaba por encima de ella en esa constelación de artistas que pusieron a Londres en el centro del mapa justo a tiempo para la tercera vía de Tony Blair y la emergencia del brit pop como museo de la música de la isla entre Los Beatles y el synth pop. Emin presentaba entonces cinco obras que formaban parte de su tortuoso catálogo confesional. Why I never became a dancer es el que más me impactó y al que decidí volver para escribir ahora. Hacia el final del video fechado en 1995 Emin bailaba sola en una habitación acompañada de un radiograbador negro del que salía el hitazo disco You make me feel (mighty real) de Sylvester (Silvestre) que había llegado al número 8 del UK parade en 1978 cuando la artista tenía 15 años.  

Para entonces, relata en off en el video accesible en You Tube, Emin ya había aprendido todo lo que se podía saber sobre sexo en una frenética carrera iniciada a los 13 con hombres de 15, 19, 25 o 29 años. Abre su intimidad sobre imágenes con ese grano característico del Super 8 de los 60 y 70 en un paneo sobre la rambla de Margate, la ciudad playera y kitsch donde nació en 1963. Casinos, discotecas tristes, locales de fish and chips, máquinas de muñecos de peluche. El costumbrismo sórdido del que Damon Albarn tomaba nota casi al mismo tiempo en Parklife (ver Bank Holiday) pero sin esa mueca propia del comentarista social sino desde el punto de vista sin filtro de la víctima. Tracey Emin(em) habría que rebautizarla por ese monólogo en el que la imagen 'cámara en mano' agitada muestra una escuela a la que siempre llegaba tarde y de la que desertó a los 13. “El sexo era lo único gratis” resume la artista sobre esa montaña rusa de aburrimiento de la que escapó bailando o, para decirlo con precisión, no pudiendo bailar. Los gritos de “slag” (escoria) la atravesaban en los concursos de baile con la violencia indómita de los pájaros de Hitchcock. Y Tracey saltó de la pista de baile; corrió hacia la pedregosa playa y nunca más volvió a Margate con sus escarpadas barrancas de basalto, mirador del Atlántico norte que apunta a Calais y Dunquerque. 

Emin, como Eminem, hizo con su intimidad una forma de arte. Exhibió su cama deshecha tal como había quedado tras una temporada de alcohol, drogas y sexo casual (My bed) para el Premio Turner 1999 con un escándalo semejante al que Marta Minujín provocó con sus colchones (Eróticos en technicolor y Revuélquese y viva) en el Premio Di Tella, pero treinta y cinco años antes y en un contexto mucho más conservador. La vendió en 2,8 millones de euros lo que la convirtió en una figura pública que se paseaba borracha como una chica Gainsbourg por los canales de tevé. Pero no había dinero que le comprase una dentadura nueva ni que le extirpara su devoción por David Bowie cuya mención le iluminaba esa cara sufrida de sangre turcochipriota. Tracey me había contado, en noviembre de 2012, en el Malba, que cuando descubrió a Egon Schiele (cuya obra siguió por otros medios) en la escuela de arte supo que ya lo había visto antes. Y era en la foto de la tapa de Heroes (1977) donde Bowie adopta la posición de un personaje de un cuadro de Schiele. Los dientes de Bowie, hay que decirlo, tampoco se veían muy bien que digamos.      

 

 

 

 

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