Jueves, 21 Mayo 2026

Martha Peluffo: ella y los otros

Artista compleja, exótica y atrevida, sus furiosos retratos inspirados en el LSD cuestionaron fronteras entre lo culto y lo popular, las bellas artes y lo comercial, y la fotografía y la representación. 
Por Victoria Verlichak

 

En 2025 Colección AMALITA presentó la exposición antológica Martha Peluffo. Estados suspensivos, curada por Fernando Davis, que incluyó parte de sus series de autorretratos y de celebridades, sorprendiendo a quienes no conocían su obra. 

Martha Peluffo nació en Buenos Aires en 1931. Fue una artista apasionada, con una notable producción que merece una nueva e interesada mirada. Su muerte, antes de cumplir los cincuenta años, silenció una floreciente trayectoria artística y cortó una vida coloreada por sus trabajos, viajes y amores, que le trajeron tanto fulgores como dolor. Ganó premios, realizó decenas de muestras individuales y colectivas junto a otros connotados artistas, y vivió y exhibió ampliamente también en el exterior.

 

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Martha Peluffo

 

Aunque comenzó a hacerse conocida en los años cincuenta y sostuvo una trayectoria de casi tres décadas, la artista quedó identificada con los años sesenta, cuando exhibió enormes autorretratos y una colección de imágenes de celebridades. Antes de vincularse con ese estilo de aparente realismo, vecino al pop art, exagerado e irónico para las pinturas, y entrañable e irreal para los dibujos, Peluffo transitó la abstracción y distintos “ismos” —tachismo, automatismo, informalismo, surrealismo—, que comenzó a exhibir en 1952, con apenas veintiún años. 

Peluffo realizó estudios formales en la Escuela Nacional de Dibujo Manuel Belgrano, profesorado en la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón, estudios en la Escuela Superior de Bellas Artes de la Universidad Nacional Eva Perón (actual Universidad de La Plata). Tras una serie de muestras individuales y colectivas, se integró al ya mítico caserón de Lacroze que, según Aldo Pellegrini, era “el Bateau Lavoir de la pintura argentina”. El decadente y desvencijado petit hotel, de techos altos, molduras y antiguos pisos de madera, estaba habitado por una fauna variopinta que trabajaba y se divertía con igual entusiasmo, en un clima de creación y retroalimentación permanente. Allí tenían sus talleres Rogelio Polesello, Osvaldo Borda, Carlos Lesca, Luis Wells, Ricardo Mampaey y el músico Carlos Cutaia. El italiano Vittorio Minardi leía marxismo y filosofía, mientras la bailarina Gioia Fiorentino ensayaba su rutina y el fotógrafo Oscar Balducci escribía poesía en la “Casa de las brujas”, como la llaman sus propios residentes. A Martha le apodaban La sorcière (bruja). 

 

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Desnudo, 1973.

 

Peluffo tenía allí un espacioso taller, poblado de extraños objetos, poemas de sus amigos, latas de pinturas y pinceles. El escritor y poeta surrealista Julio Llinás instaló también su escritorio. Ambos se casaron en 1959; y tuvieron dos hijos: Sebastián y la actriz Verónica Llinás.

A mediados de la década del sesenta, tras separarse de su marido, Peluffo permaneció en Lacroze produciendo obra y dando clases. La casa se convirtió para algunos en un sitio algo “raro”, y para otros, en un lugar ineludible de Buenos Aires, donde recalaban amigos y novios, artistas y críticos locales y extranjeros, que tomaban contacto con su obra y la elegían para distintas muestras internacionales.

 

Cómo me veo

Mucho antes de que la teoría feminista llegara al mundo del arte de las orillas del Río de la Plata, Peluffo comenzó a pintarse dramática y repetidamente a sí misma, en un perturbador intento por definirse subjetivamente, examinando su cuerpo y su rostro: “Yo sé que mi cara se transforma siempre...”. (1)

La artista realizó enormes autorretratos que comenzó a exhibir en 1968 y que conforman una suerte de desdoblamiento, o quizá de clonación de su propia efigie. “De alguna manera estoy intentando un reconocimiento de esta Martha Peluffo en dos fases principales: cómo me veo yo y cómo me parece que me ven los demás”, (2) explicó. “Pero, además, Martha logra proyectar a través de sus telas la expresión interna de su yo: Martha oscura, descolorida, gris, contempla ávidamente a Martha brillante y llena de luz”. (3) Aun cuando se trata de una confesada revisión y un desesperado reconocimiento de su identidad, sus potentes imágenes continúan interpelando al espectador y, de algún modo “retratan también a quienes los miran”. (4)

 

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Por su monumentalidad y colorido, las obras remiten a afiches cinematográficos o carteles publicitarios. Aparecen emparentadas con el nouveau réalisme (nuevo realismo) y con ciertos rasgos del pop art debido a su imaginería tomada de la publicidad, aunque sin recurrir a la pintura plana ni las distorsiones características de aquel movimiento.

 

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Pero aquello no respondía a una estrategia de autopromoción; no la precisaba. “Martha era una presencia fuerte, tenía una personalidad inesperada para las mujeres de la época. Era emancipada, exótica, atrevida”. (5) Era una celebridad y la prensa invariablemente se ocupaba de ella. Se encontraba entre el círculo de personas que marcan tendencia. Las revistas la mencionan al reseñar a los “raros” habitantes de las cuatro cuadras de la llamada “Manzana Loca” y sus sitios preferidos, que comprende al Di Tella en la calle Florida (6), y la incluyen entre “Los millonarios del pincel”. (7) Peluffo aparece como “uno de los valores en alza” en otro artículo de prensa. Pura fantasía porque, Martha sabía ganarse la vida con sus pinturas y clases, pero de millonaria, nada. Es aludida en una nota periodística a propósito del emblemático Moderno, un bar en la calle Maipú, entre Charcas y Paraguay, cita obligada de los “modernos”, donde Martha tenía amigos en todas las mesas; también es citada en otra que da cuenta de su ruidoso cierre y de las vicisitudes del equipo Moderno Fútbol. (8)

 

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Le sobran momentos de visibilidad. Es una artista reconocida por sus propios méritos y se cuenta entre los “excelentes colaboradores” del Di Tella (9), institución que la invitó en dos de las seis ediciones que tuvo el Premio Nacional. “Su pintura también circula en el Departamento de Adherentes a los Centros del Instituto Torcuato Di Tella, DAC, una oficina que estaba en la planta baja, justo frente a la entrada del teatro. Era un ámbito de trastienda de obras que los artistas dejaban; la idea era alquilar las obras y eventualmente realizar ventas. Desde el DAC se hacían visitas a los talleres de los artistas, se obtenían descuentos, a las conferencias, a la librería, al teatro del Di Tella”. (10)

Su presencia en el medio artístico y en la prensa se reforzó con el impacto de los “irónicos, acaso satíricos pero fundamentalmente líricos” (11) e igualmente provocadores quince autorretratos de la muestra 7 Días con Martha Peluffo (1968), serie inaugurada en Rubbers, entonces ubicada en la calle Florida. “Estamos todos, todos”, murmuraba (12) en la apertura de la muestra el influyente Romero Brest, que la estima también como artista, pero que decreta la “muerte de la pintura” y no la invita a participar en las novedosas, y algunas muy interesantes, “Experiencias” visuales en 1967 y en 1968, que reemplazan al discontinuado Premio Nacional Instituto Torcuato Di Tella.  

 

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Tapa del catálogo de la muestra 7 Días con Martha Peluffo en la galería Rubbers, 1968.

 

La aparente temática y la resolución figurativa de estas imágenes, radicalmente diferentes de los “ismos” anteriores, contribuía a una profunda indagación sobre la libertad y la identidad. Peluffo nunca abandonó el interés por la propuesta surrealista, pero se apartó de su ortodoxia. Decía que, como actitud, no hay nada más surrealista que pintarse a sí misma. Con este planteo, se toma como modelo durante todo el tiempo que considera necesario. 

La serie de autorretratos fue la resultante y la salida de una crisis personal. Había pasado dos años pintando muy poco, algo muy raro en mí, puesto que he trabajado toda la vida, no he parado de pintar ni aun cuando tuve a mis hijos (…). Fueron dos años de pérdida de tiempo, pero me hicieron mucho bien”, (13) afirma la artista. Sólo cabe cavilar acerca de las razones de su crisis, sobre la que no adelanta nada en las sucesivas declaraciones que se registran a propósito de la inauguración de 7 Días con Martha Peluffo

 

Llegué a verme 

Peluffo precisa este tiempo introspectivo, considerado como una especie de exorcismo, para librarse de fantasmas personales y para combatir ciertas inclinaciones autodestructivas que aparecían simbólicamente en algunas pinturas privadas, atravesadas por imágenes de armas que nunca exhibió públicamente. 

 

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Serie Diálogo del espacio, 1975.

 

Los autorretratos, con un lenguaje de aparente simplicidad y colores vibrantes, están inspirados por las experiencias con LSD (Lysergic Acid Diethylamide). “La droga, que aúna explosiones del inconsciente con constantes alucinaciones”, (14) fue la moda entre algunos hippies, psicólogos y psicoanalistas, así como entre quienes buscan aumentar su sentido de la percepción, la iluminación. 

Con el ácido llegué a verme (15) en algunas de las actitudes que he pintado e inclusive en los mismos colores”, repetía Martha al periodismo, y explicaba: “Esta sensación de despersonalización, que permite a alguien verse a sí mismo como otra persona, es el efecto típico del LSD. De ahí su aplicación en tratamientos psicoanalíticos (...). Aunque Peluffo se adscribe en la corriente psicodélica: la droga para lograr ‘una expansión del espíritu’”. (16)

 

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Algún crítico afirma que, con los autorretratos, Peluffo “incursiona en la nueva figuración (...) con la ayuda de la técnica institucionalizada por el pop art”, (17) pero Peluffo rechazaba esas clasificaciones, “porque la neofiguración es una metáfora de la realidad. En cambio, lo que yo hago es la realidad misma. Utilizo mi imagen corporal, pero podría utilizar sillas o nubes. En este caso, el autorretrato significa que me remito a mi realidad”. (18)

A partir de diapositivas tomadas por Carlos Bartolomé, José Miranda y Oscar Balducci, la artista proyectaba las imágenes sobre las telas para luego intervenirlas pictóricamente. “El resultado no implica un realismo servil, sino una visión de la realidad a través de la imaginación”. (19) Peluffo prefiere utilizar la fotografía antes que “una cámara de espejos” porque “la fotografía da una objetividad, aquella objetividad que tenemos cuando miramos a otro y no a nosotros mismos en un espejo. En el material fotográfico lo que se repite es lo significativo, tuve que despersonalizarme en las tomas, pero cargarme de sentido, manejar el cuerpo con todos los contenidos examinados e incorporados en la experiencia con el psicólogo. Fue una experiencia muy linda, duró casi un año, durante el cual me tomé fotos, trabajé, revisé y monté el material”. (20)

 

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La muestra fue un éxito de público, aunque no de ventas. La exhibición recogió una serie de opiniones contradictorias, en las que casi unánimemente destacaban el superior oficio de la artista. “Martha Peluffo dio una concepción abrumadora de la figura, con fuerza salvaje y bastante agresividad. Artista compleja, antes volcada al surrealismo, ha descubierto la potencia que deriva de la propia imagen magnificada, creando un obsesivo temario de repeticiones sarcásticas. Ya no se trata de explorar el mundo de la gracia permitida, sino de exaltar el impulso vital”. (21) 

Varios factores extra artísticos confluyen para que esas intensas pinturas no sean recibidas como se lo merecen. Resulta evidente que el sexo de la artista se interpone entre el espectador y su obra, y no es porque ésta sea escandalosa. Cinco de los quince autorretratos son recatados desnudos y sólo dos apenas insinúan los pechos, aunque quizás estos sí son considerados indecorosos. El momento y la temperatura del país, con un régimen militar (liderado por el General Juan Carlos Onganía), son poco propicios para recibir una obra audaz y a una artista atrevida; era hija del general Orlando Lorenzo Peluffo. Al mismo tiempo, siempre es más difícil de lograr la valoración del trabajo y la inserción de la obra de las artistas mujeres en sitios de legitimación y privilegio. Ella lo sabía bien: “La mujer creo que todavía tiene que luchar mucho para conseguir su verdadero lugar en la sociedad”. (22)

 

Los notorios 

Sola, gracias a su aguda mirada y actitud, Peluffo le devolvió visibilidad al retrato, un género en decadencia en el país. Como Andy Warhol, pintó una serie de celebridades contemporáneas que presentó en la individual "Cara a cara" (1969), en la galería Carmen Waugh. Peluffo trabajó febrilmente en la preparación (23) de esta exhibición, que ella vincula con la de sus autorretratos, presentada exactamente un año antes. 

Entre ese conjunto de figuras -mayormente vistos hasta el hartazgo a través de los medios periodísticos- se encuentran Norma Aleandro (actriz), Alberto J. Armando (empresario y presidente del Club Boca Juniors) y Eduardo Bergara Leumann (artista, showman) encabezan la lista de famosas personalidades que incluye a Estela y Ricardo Becher (director de cine, guionista, actor, y señora), Tato Bores (actor, cómico), Humberto Campos (obrero), Antonio Carrizo (locutor de radio), Hugo O. Gatti (futbolista, arquero), Oscar Gálvez (campeón de automovilismo), Hugo Guerrero Martinheitz (conductor de radio), Libertad Leblanc (actriz), Beatriz y Carlos Lesca (artista plástico y señora), Nicolino Locche (campeón de boxeo), Federico Luppi (actor), Tita Merello (cantante de tango), Palito Ortega (cantautor), Ubaldo A. Rattin (futbolista), Claudia Sánchez y Nono Pugliese (modelos publicitarios), Norberto Suárez (actor, galán de telenovelas) y Máximo Wibel (empresario). 

 

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Por parte del gran público, existe con casi todos ellos un instantáneo reconocimiento e identificación; aunque se advierten algunas rarezas. En un extremo del espectro, y quizá sensibilizada por la reciente insurrección popular acontecida en el mes de mayo en Córdoba (conocida como el Cordobazo, que dejó un tendal de muertos por la represión), la artista pinta la imagen del metalúrgico Campos en grises y negro. El otro personaje desconocido para el gran público es Wibel, un mecenas.

Las novedosas pinturas trabajan sobre lo real inmediato y borran las fronteras entre lo culto y lo popular, entre las bellas artes y lo comercial, instalan una interrogación acerca de la fotografía y la representación; la serie resulta insólita, desconcierta. El público porteño se asombra por la muestra de los notorios, y no sólo por los furiosos colores que lucen.

 

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La artista rehúye la interpretación, no siempre lo consigue, de ahí su sinceridad en este trabajo en el cual intenta comunicación con un público no tradicional en una galería de arte. La imagen despojada no busca la sátira ni la reflexión, sólo registra objetivamente la realidad de esos mitos”. (24) Sin embargo, la obra de Peluffo no aparece como un neutral reflejo de las luminarias, sino, a la larga, como una crítica a la sociedad que las consagra. La acentuación de ciertos rasgos, las luces y sombras, y la elección de los colores determinan el temple de cada personaje, en los que, por momentos, incluso asoma la ironía, el doble sentido. 

Trabajó siempre a partir de diapositivas proyectadas y recibió veladas críticas por el uso de las proyecciones fotográficas (las verdades cambian, ésta es una discusión actualmente irrelevante en el mundo del arte). Sin embargo, Peluffo sostiene que mientras pinta lo hace “con la misma actitud que podría tener un pintor abstracto, en lo que a pintura pura se refiere”. De todos modos, sus tempranos retratos de la década del cincuenta sugieren su destreza y agudeza para reflejar a los retratados sin necesidad de proyección alguna.

 

Demasiado joven

Entre 1969 y 1978, durante nueve años, Peluffo no volvió a realizar exposiciones individuales en Buenos Aires. La preparación de su última muestra fue un verdadero tour de force: la artista estaba enferma de una gravedad que ella parecía desconocer. 

En una consulta médica en Caracas –donde vivía entonces– le detectaron algo atípico y le recomendaron operarse de inmediato, pero decidió volver a Buenos Aires y continuar su vida como si nada. Buscó tratamientos alternativos, comenzó a practicar el I Ching y se aferró a la pintura. 

 

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Retrato Eduardo Bergara Leumann, 1969.

 

A su regreso de Caracas a fines de 1976, en plena dictadura militar, algunos de sus antiguos compañeros artistas estaban viviendo fuera del país. Se rodea de nuevos y numerosos amigos, así como de viejos conocidos del bar Bárbaro, compinches de algunas fiestas o habitués de la Galería del Este. 

Sus hijos Verónica y Sebastián, ya adolescentes, vivían con ella en su departamento de la Avenida Quintana. Instaló el taller en una mitad del living y, sin prestarle atención al lento pero persistente malestar físico, comenzó a pintar una nueva serie para la galería Arte Múltiple. Abandonó definitivamente el uso de su propia imagen, mientras que para el retrato que dedicó a sus hijos prosigue con la modalidad de la retroproyección. 

Catalogada como hiperrealista, la serie en la que trabaja tiene colores planos y grandes fragmentos de imágenes cotidianas fácilmente reconocibles, agrandadas como si fueran vistas bajo una lupa, puestas dentro de una nueva trama que las torna irreales. Entre la presencia del azar y una implícita autoexploración, pasando por la evocación de cosas archiconocidas, esta secuencia de pinturas parecería dar cuenta de su momento existencial. 

Tal vez, como quien intuye una despedida, en estas pinturas evoca la vida; cada pequeño ser y colorido objeto se ven preciosos y relucientes ante unos magníficos cielos. Incluso, en la pintura La apuesta, refuta al destino que todos saben que le aguarda, describiendo una buena mano de cartas. No tiene asistentes rentados, pero sí buenos amigos que la acompañan. La ayudan a pintar los fondos, escuchan música, conversan en su departamento de Quintana. Cierra el círculo de sus trabajos con un delirante escrutinio de lo presuntamente cotidiano, a sabiendas, sin reconocerlo conscientemente, de que está por perderlo. Tiene cáncer, pero es algo que jamás menciona.

 

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La apuesta, 1978.

 

Nunca dejó de pintar. Trabajó la imagen de “una media naranja” hasta el final. Murió el 29 de diciembre de 1979, a los 48 años. Tiempo después de su muerte hubo un incendio en su departamento, en el que se perdió parte de su obra aunque no el brillo de su recuerdo, donde Martha sigue siendo bella y talentosa, como queda registrado en su transgresora e inspirada obra.

 

 

 

1. “La seriedad fantástica”, Primera Plana, Buenos Aires, 7 de junio de 1966.

2. Marcelo Pichón Rivière, “La pintora que se pinta a sí misma”, Panorama, Buenos Aires, 25 de junio de 1968.

3. Marlene Nava, “Martha Peluffo: Autoidentificación”, Suplemento Crítica, Maracaibo, Venezuela, 5 de mayo de 1969.

4. Miyó Vestrini, “Martha Peluffo. Los críticos no se atreven a tratar una obra de arte sin encasillarla”, El Nacional, Caracas

5. Felisa Pinto, entrevista con la autora, Buenos Aires, 2003.

6. “La manzana loca”, Gente, Buenos Aires, 1968.

7. “Los millonarios del pincel”, Siete Días, Buenos Aires, enero de 1968.

8. Rosario Añaños, “Los rebeldes también juegan al fútbol. Bar Moderno Athletic Club”, Panorama, Buenos Aires, febrero de 1968.

9. Jorge Romero Brest, Arte visual en el Di Tella, Emecé, Buenos Aires, 1992, p. 190.

10. Gastón Llantada, entrevista con la autora, Buenos Aires, 2006.

11. (Jorge Glusberg), “El cuerpo de Martha”, Análisis, Buenos Aires, 20de noviembre de 1968.

12. (Miguel Brascó), op. cit.

13. “Plástica: Martha Peluffo”, , Buenos Aires, ENTEL, 1969.

14. Marcelo Pichón Rivière), op. cit

15. Subrayado en el original.. 

16. (Marcelo Pichón Rivière), op. cit

17. (Jorge Glusberg), “El cuerpo de Martha”, Análisis, Buenos Aires, 20 de noviembre de 1968.

18. “Martha Peluffo en nuestra casa”, El Litoral, Santa Fe,  27 de mayo de 1969.

19. (Marcelo Pichón Rivière), op. cit.

20. “Plástica: Martha Peluffo”, op. cit.

21. Guillermo Whitelow, “Carta de Buenos Aires”, Art International, Vol. XIII/5, Lugano, Suiza, 20 de mayo de 1969.

22. “Seis mujeres con estilo (Martha Peluffo, pintora)”, Atlántida, Buenos Aires, 1969.

23. Con la colaboración de Magda Sorenson y José Miranda, en fotografía.

24. Nelly Perazzo, “Mitos en la galería”, Lyra, Nº 213/215, Año XXVII, Buenos Aires, primer semestre de 1970.

 

 

 

 

 

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