El peso de los pensamientos según Thomas Lerooy

Mediante el uso de elementos formales asociados con arte elevado, sus obras desafían la noción clásica de lo icónico. Sus guiños al surrealismo y la fusión de lo bello con lo grotesco, evocan áreas oscuras que desdibujan los límites físicos y mentales.
Por Fernando García

 

“Ah!, basta de pensar”. Al borde del ruego había que escucharlo a Luis Alberto Spinetta entrando en los 80. En Kamikaze, uno de sus mejores discos, perfeccionaba una de las preocupaciones que le habían dado sustancia específica a la música de la contracultura en Buenos Aires. La obsesión sobre el pensamiento en sí mismo que había atravesado la verba hermética de Pappo’s Blues, Color Humano y otros íconos del período más esotérico de nuestro rock cuando eso de “perder la cabeza” atravesaba el linde de lo real (psicosis) y metafórico. Pero que pasa si, de tanto pensar, la cabeza no se pierde sino que crece con desmesura hasta caer por su propio peso. El artista belga Thomas Lerooy (1981, Roeselare) llevó esas tribulaciones al objeto, como una hipérbole del pensador de Rodin o como si Rodin le hubiera dado al cerebro de su criatura de bronce el tamaño de sus preocupaciones. 

En Not enough brains to survive (“Sin el cerebro necesario para sobrevivir”) acaso lo que haya es demasiado cerebro, más del necesario para aprehender la realidad. El cuerpo, modelado con maestría en acuerdo con el modelo greco-romano, se vuelve una miniatura frente a esa cabeza que cae, sin desprenderse del todo, por el peso mismo del pensamiento. La cabeza invertida es el reflejo de un ser imposible: una civilización que hizo del pensamiento su propia condena y se sostiene como puede. Atlantes de cráneos desmesurados rescatados por la potencia combinatoria del arte contemporáneo. Pero más allá del sarcasmo como marca belga en las vanguardias (Marcel Broodthaers o Wim Delvoye, por caso) lo que empujó esta pesadilla de escultura clásica fue el mismo acto de pensar, la fatalidad del conceptualista que no encuentra concepto alguno. 

Dice Lerooy que ante ese problema, obligado a tener un concepto para su nueva muestra, resolvió convertir la dificultad en objeto. Y así nació la serie Braindance (2010) que le dio esta pieza ícono que salió del circuito del arte contemporáneo para ser apropiada como meme, alegoría del #BlackLivesMatter y perderse en la jungla visual del anonimato. Lerooy al Met: “Entendí que la idea era justamente esa, su búsqueda interminable. Estaba tratando de ir más allá de las posibilidades de mi mente y entonces la escultura se volvió un reflejo de esto porque era así como mi cabeza se sentía: muy grande y pesada, como si solo existiera en una mente y sin un cuerpo… una pelea entre el interior y el exterior”.

Lerooy ha dejado clara su filiación conceptual-dadá con una (otra) reversión de Fountain (Duchamp) donde el vacío del urinario es ocupado por un busto femenino clásico de mármol. Pero lo suyo no es descabezar la historia del arte sino, por el contrario, darle a las figuras íconos que lo definen o definieron el tamaño real de tanto pensamiento alrededor. O el espectáculo de la antigüedad pensado como un primer eslabón en la cadena del conceptualismo. Pensarlo ya da vértigo, como el de estas cabezas que exceden en demasía al cuerpo, apenas un apéndice siempre al borde de ser arrastrado por cavilaciones monstruosas.  

 

 

 

 

 

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