Yayoi Kusama, la artista japonesa más reconocida internacionalmente, transformó sus experiencias individuales y traumáticas en un lenguaje artístico universal que pone en juego cuestiones filosóficas y existenciales fundamentales como la identidad, la percepción, el infinito, la disolución del yo, la relación entre el cuerpo y el espacio, y la pertenencia al universo. A partir de operaciones conceptuales y estéticas de repetición y acumulación logró una identidad visual única, que se convirtió en una marca internacional e inconfundible. A pesar de vivir en un hospital psiquiátrico las últimas cuatro décadas de su vida, nunca dejó de producir, colaboró con las marcas más prestigiosas del mundo y celebró grandes retrospectivas en los cinco continentes. “La reina de los lunares” cautivó así al mundo del arte y expandió su práctica más allá de convenciones y estereotipos.
Yayoi Kusama (Matsumoto, 1929 – Tokio, 2026) nació en la prefectura de Nagano, región central de Japón, en una familia dedicada al cultivo de semillas. Aunque desde temprana edad manifestó interés por el arte, sus padres no le brindaron apoyo. Estudió brevemente en la Escuela de Arte y Artesanías de Kioto entre 1948 y 1949, donde aprendió Nihonga, un estilo tradicional de pintura japonesa, pero dado el conservadurismo de la institución la abandonó y optó por aprender pintura al óleo de forma autodidacta. Sus primeros trabajos, realizados durante la década de 1940, combinaban formas orgánicas y composiciones semiabstractas sobre papel. Rápidamente el dibujo y la pintura se convirtieron en medios para elaborar un universo visual propio, poblado de patrones, redes y formas repetitivas, que fueron su manera de expresar alucinaciones que sufría y escapar de una dinámica familiar marcada por el maltrato y el abandono.

Yayoi Kusama
A mediados de los años cincuenta, consciente de las limitaciones para su desarrollo artístico en el Japón de posguerra, comenzó a buscar interlocutores fuera de su país. Tras conocer la obra de Georgia O'Keeffe y quedar deslumbrada por su persona, en 1955 decidió escribirle en búsqueda de consejos sobre cómo abrirse camino en la escena norteamericana y le envió algunas de sus acuarelas. Para su sorpresa, la artista estadounidense más conocida del momento le respondió, y la alentó a perseguir sus aspiraciones. El intercambio epistolar que mantuvieron durante varios años fue un importante estímulo para la joven artista. En 1957, Kusama viajó a Estados Unidos y se instaló inicialmente en Seattle, donde presentó su primera exposición individual en la galería de Zoë Dusanne, gracias a los contactos con el pintor Kenneth Callahan. Al año siguiente se trasladó a Nueva York, decidida a insertarse en una escena artística que por entonces concentraba algunas de las búsquedas más radicales de la vanguardia internacional.
Su llegada a la gran manzana no fue nada fácil, sola y con recursos económicos escasos se enfrentó a un medio cultural desconocido, y debió sostener su práctica en condiciones precarias mientras buscaba espacios para exhibir su trabajo. Esa perseverancia comenzó a dar frutos en 1959, cuando presentó sus primeras pinturas de la serie Infinity Net (Red infinita), en Brata Gallery y obtuvo una recepción crítica favorable que marcó el inicio de su reconocimiento en la escena neoyorquina. En esta seminal serie aparecen ya elementos que luego serán rasgos constitutivos de su práctica. Lienzos de grandes proporciones mayormente monocromos, en los que aplicó obsesivamente capas y capas de pequeños arcos, comas y bucles, que se acumulaban sobre grandes superficies hasta producir una trama rítmica que parece extenderse más allá de los límites del cuadro. La serie le valió ser comparada con grandes de la pintura norteamericana como Jackson Pollock o Mark Rothko, y sin dudas fue un momento decisivo en su trayectoria que la posicionó en una escena artística atravesada por la experimentación y la expansión de los lenguajes visuales.

Yayoi Kusama en su estudio con pinturas de la serie Infinity Net. Nueva York, 1961.
En 1961, trasladó su estudio al edificio ubicado en el 53 East 19th Street, en Manhattan. En ese mismo inmueble compartió espacio y estrechó lazos creativos con figuras clave de la vanguardia estadounidense. Donald Judd, pionero del minimalismo, vivía en el piso de arriba, espacio que alquiló precisamente porque Kusama le avisó que estaba disponible. Desarrollaron una profunda amistad y se ayudaron mutuamente en la creación de sus primeras estructuras e instalaciones. Como recordaba la propia artista: “Donald Judd fue mi primer amigo cercano en el mundo del arte de Nueva York y fue el primero en comprar una de las piezas de la exposición [de Brata Gallery]”. También realizó una crítica favorable de esta exhibición para la prestigiosa revista ARTnews. Eva Hesse, la destacada escultora también trabajaba en el lugar y se convirtió en una de sus amigas más íntimas durante esos años. Fue precisamente en este edificio donde Kusama comenzó a crear sus famosas "esculturas blandas" (Accumulations) objetos recubiertos de formas orgánicas y motivos repetitivos que aludían a sus alucinaciones, y que comenzaron a consolidar su prolífica producción de vanguardia.

Accumulation No. 1, 1962. MoMA, Nueva York.
Repetición, acumuluación, obliteración
Durante su etapa neoyorquina, Kusama entró en contacto con otros destacados artistas de entonces como Andy Warhol, Claes Oldenburg y Joseph Cornell, con quien mantuvo un vínculo afectivo y creativo significativo durante largos años. Su práctica pronto desbordó el soporte pictórico, realizando además collages, obra gráfica, films, avanzó hacia la producción de instalaciones, performances y happenings que la situaron en el centro de la contracultura de los años sesenta. En estas experiencias, la repetición cobró una gran relevancia y se convirtió en una operación capaz de transformar objetos, cuerpos y entornos, mientras que el público adquiría un papel cada vez más activo.

Alice in Wonderland happening en el Central Park, Nueva York, 1968.
A partir de 1967, Kusama intensificó su trabajo procesual y participativo en el que los lunares, motivo recurrente de su producción, abandonaron las superficies pictóricas para cubrir cuerpos y espacios. En los Body Festivals, pintaba con puntos de colores los cuerpos de los participantes, y en las Anatomic Explosions organizaba acciones con bailarines desnudos en lugares emblemáticos de la ciudad. Estas intervenciones, que desdibujan los límites entre arte y vida cotidiana, adquirieron también una dimensión política en el contexto de las protestas contra la guerra de Vietnam. Realizó sus acciones en sitios de gran relevancia como Wall Street, el puente de Brooklyn y las inmediaciones de la sede de las Naciones Unidas, donde el cuerpo pintado y la desnudez funcionaban como gestos de protesta frente a la violencia y el orden establecido. En 1969, con Grand Orgy to Awaken the Dead, irrumpió sin autorización en el jardín de esculturas del MoMA, donde los participantes desnudos interactuaron con las obras de la colección.

Anatomic Explosion-Anti-War Happening, 1968. Puente de Brooklyn, Nueva York.
Entre la provocación pública, la crítica institucional y la búsqueda de una disolución de las fronteras entre individuo y entorno, estos happenings extendieron la idea del infinito más allá de la pintura y convirtieron la participación corporal en una dimensión central de su práctica. En este contexto la artista desarrollará uno de los conceptos centrales de su obra, la obliteración. Proceso por el cual la repetición de puntos y formas borra progresivamente los límites del cuerpo o de los objetos y los hace uno con el espacio circundante. En esa disolución de las fronteras individuales, la artista imagina la posibilidad de integrarse con el cosmos, y fundirse con la infinitud del universo. Lo que comenzó como una operación visual se convierte así en una reflexión profunda y existencial sobre la identidad, la individualidad y la relación entre el individuo y el mundo que lo rodea. Bajo esta misma perspectiva Kusama más tarde desarrollará sus famosas Infinity Mirrored Rooms, espacios inmersivos en los que los participantes se sumergen en un espacio infinito de luces y colores.

Infinity Mirrored Room
Jardín de narcisos: reflejo y provocación
En 1966, participó por primera vez en la Bienal de Venecia. Allí, Kusama presentó Narcissus Garden (Jardín de narcisos), una instalación que marcaría un punto de inflexión en su trayectoria internacional. Aunque no había sido invitada oficialmente a participar, logró concretar el proyecto con el apoyo económico y personal del artista ítalo-argentino Lucio Fontana, a quien había conocido en el grupo europeo de vanguardia ZERO. La obra consistía en 1500 esferas de plástico de color plateado brillante, dispuestas sobre el césped frente al Pabellón de Italia. Kusama las definió como una “alfombra cinética”, sus superficies convexas y bruñidas reflejaban y multiplicaban las imágenes de la artista, los visitantes, la arquitectura y el paisaje circundante, transformando el jardín en un campo visual aparentemente infinito. La instalación prolongaba así sus investigaciones sobre la repetición, pero desplazaba el foco desde el objeto hacia el espacio y la experiencia de quienes lo recorrían.

Narcissus Garden. Bienal de Venecia, 1966.
La referencia al mito griego de Narciso, quien se enamora de su propio reflejo en el agua, introduce una dimensión crítica. Cada esfera devuelve al espectador una versión fragmentada y distorsionada de sí mismo, confrontándolo con su propia imagen. Sin embargo, la obra no se limita a una reflexión sobre la vanidad individual. Durante la inauguración, Kusama, vestida con un kimono dorado, se instaló entre las esferas y comenzó a venderlas a los visitantes, bajo un cartel que anunciaba "Your Narcissism for Sale" (Tu narcisismo a la venta). La acción, que combinaba instalación y performance, provocó la intervención de los organizadores de la Bienal, quienes le impidieron continuar con la venta, aunque la obra permaneció en el lugar. Su gesto condensó así, una provocación dirigida al sistema artístico, cuestionando la mercantilización del arte y sus mecanismos de legitimación, al mismo tiempo que utilizaba la propia circulación comercial como estrategia para irrumpir en una institución que no la había convocado oficialmente.
Del reflejo al infinito: inmersión y participación
En 1965, con Infinity Mirror Room-Phalli’s Field, Kusama realizó su primera instalación de espejos. En ella cientos de formas blandas cubiertas de lunares rojos se multiplicaban hasta el infinito mediante superficies reflectantes. A partir de allí, los ambientes espejados se convirtieron en uno de los ejes más reconocibles de su producción. Superficies cubiertas de puntos, destellos y composiciones que parecen prolongarse sin fin transformaron su lenguaje en una experiencia espacial y sensorial capaz de involucrar físicamente al espectador. Kusama ha explicado el sentido de este motivo recurrente: “El lunar tiene la forma del sol, que es símbolo de la energía del mundo y de nuestra vida, y tiene también la forma de la luna, que es la quietud […] Nuestra tierra es sólo un lunar entre los millones de estrellas del cosmos. Los lunares son un camino al infinito”. Y concluye: “Cuando borramos la naturaleza y nuestros cuerpos con lunares, [...] nos volvemos parte de la eternidad”. En sus instalaciones, esa búsqueda de disolución de los límites entre el yo y el universo se vuelve una experiencia perceptiva concreta, el visitante deja de ser un observador externo para incorporarse a un espacio en el que su propia imagen se multiplica y se confunde con el entorno.
Infinity Mirror Room-Phalli’s Field
Posteriormente, esta dimensión participativa alcanzaría su máxima expresión en The Obliteration Room (2002–2026), una habitación doméstica inicialmente blanca que el público transforma al adherir sobre sus paredes, muebles y objetos miles de lunares de colores. La acumulación progresiva de intervenciones borra la apariencia original del ambiente y convierte a cada visitante en parte activa de una transformación colectiva. La obliteración ya no es una experiencia individual de la artista sino de quienes recorren el espacio y dejan en él su huella. Con estas propuestas, la artista logra desplazar una visión sumamente íntima hacia una experiencia común, así su práctica nacida de una percepción intensamente personal se abre a interrogantes existenciales. En el universo de Kusama, descubrimos que somos apenas un punto en una inmensidad que nos contiene.
The Obliteration Room
En 1973, luego de diez años en la competitiva y desafiante escena neoyorquina, con su salud física y mental deteriorada, Kusama decidió regresar a Japón. En 1977, se instaló voluntariamente en una institución psiquiátrica en Tokio, donde residió hasta su muerte en agosto de 2026. A pesar de ello continuó trabajando incansablemente todos los días en su estudio a pocas cuadras de la clínica en la que vivía. De hecho, sostenía con frecuencia que trabajar era lo que la mantenía viva. Diagnosticada con una neurosis obsesiva, Kusama utilizó su arte para «autoanularse» frente a visiones alucinatorias mediante el proceso de reproducción compulsiva de puntos. Kusama relata: "Un día, tras contemplar un motivo de flores rojas en el mantel, levanté la vista y vi que el techo, las ventanas y las columnas parecían estar cubiertos por el mismo motivo floral rojo. Vi la habitación entera, mi propio cuerpo y el universo entero cubiertos de flores rojas; en ese instante, mi alma quedó anulada y yo fui restaurada, devuelta al infinito, al tiempo eterno y al espacio absoluto. No se trataba de una ilusión, sino de la realidad misma. Me sobrecogió ver hasta lo más profundo de mi alma"

Yayoi Kusama retratada en uno de sus Infinity Mirrored Rooms.
En 1993, representó a Japón en la Bienal de Venecia, con una instalación en la que un cuarto brillante fue colmado de pequeñas esculturas de calabazas. La propia artista estaba presente vestida con un traje de mago del mismo color que el cuarto. Con posterioridad, Kusama hizo varias instalaciones y esculturas de gran escala con este motivo, para ella la calabaza representa su alter ego, y remitía a alucinaciones recurrentes de su infancia. Si bien a finales de los años ochenta había tenido nuevamente exhibiciones importantes en Londres y Estados Unidos, esta segunda participación en Venecia, sin dudas, contribuyó a consolidar su consagración internacional, rescatándola de un relativo olvido fuera de Japón. En los 2000 realizó colaboraciones con grandes marcas de lujo, casas de moda y diseño que la convirtieron en un verdadero ícono global. En 2017, abrió el Museo Yayoi Kusama en Tokio.

























