El activismo conceptual según Ai Weiwei

Con influencias que remiten tanto a Warhol como Duchamp, el renombrado artista chino actualmente en exilio, retoma de manera dinámica elementos del pop y el readymade para crear una obra disidente y expresamente política.
Por Juan Gabriel Batalla

 

Si se ingresa a Baidu, el Google chino, hay cinco palabras que no ofrecen resultados: Libertad, Derechos humanos, Democracia, Fornicar y Ai Weiwei.

Weiwei (1957) es uno de los artistas más reconocidos del mundo, con un cuerpo de obra que se centra en denunciar los abusos de poder de su país. En ese sentido, su popularidad ha hecho que la crítica especializada plantee una falsa dicotomía: ¿es un artista devenido en activista o un gran activista que hace arte? Para él, no existen dudas: “Cada obra que hago tiene una conexión básica con mis creencias más fundamentales, y si la obra no puede expresar esas creencias entonces no vale la pena hacerla”.

El legado de Weiwei es tanto él como los objetos que produce, y quizá sea -en ese sentido- la excepción que hace la regla en eso de separar la obra del artista, tema tan presente en estos días a partir de la cultura de la cancelación. Es que su historia personal, unida a la de su padre -artista y poeta encarcelado por apoyar a Mao y luego por “derechista” durante la Revolución Cultural-, que lo llevó a vivir en una fosa junto a su familia y ver las vejaciones que su progenitor sufría en el pueblo en el que era explotado, no solo fueron esenciales para forjar un espíritu dispuesto a enfrentar las injusticias, sino que irremediablemente lo llevaron a ser artista porque, entendió, que era el único espacio donde siempre podría ser libre.  

“El arte debe tener reconocimiento, sí, pero no encarnándose en caros artículos de colección depositados en un almacén del MoMA para enmohecer: eso es sencillamente un desperdicio. Mi visión del arte contemporáneo es distinta. Para mí, el arte se relaciona con la realidad de una forma dinámica, se relaciona con nuestro estilo de vida y nuestra actitud hacia ella, y no hay que colocarlo en un compartimento estanco. No me interesa el arte que trata de mantenerse al margen del mundo”, escribió en su autobiografía titulada 1000 años de alegrías y penas.

Quizá una obra que sintetiza muchos de los temas que atraviesan su trabajo sea Semillas de girasol (2010), que presentó en la Tate Modern, ya que reúne la cuestión de las tradiciones y el pasado, los desafíos del futuro y, a su vez, es una metáfora sobre los sistema de explotación, sobre cómo unos pocos pueden aplastar la belleza de muchos.

La presentación monumental consiste en 100 millones de micro esculturas con forma de pepitas de la planta, realizadas por 1600 alfareros de una aldea china, a lo largo de dos años y medio, a los que les pagó un sueldo superior al promedio. La producción masiva, realizada con porcelana, representa a la población del país más populoso del mundo (una semilla por cada doce chinos) y se podía desde caminar hasta acostarse sobre ellas. 

 
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 Una de las instalaciones de Sunflower seeds, 2010.

 

Esta obra puede articularse con otras más conocidas como El artista deja caer un jarrón de la dinastía Han o Vasija de la dinastía Han con logo de Coca-Cola, ambas de 1995, que le otorgaron el mote de hacer “readymade antiguo”, o hasta la impresionante performance de Cuento de Hadas (Fairytale) para Documenta 12, un mega proyecto que involucró el transporte de 1001 ciudadanos chinos a Kassel.

 

Andrew-Nakamoto-Figure-4-Han-Dynasty-Urn-with-Coca-Cola-Logo-by-Ai-Weiwei--1994.jpgDropping a Han Dynasty Urn, 1995.

 

A modo de anécdota, la foto en la que destruye el jarrón -que despertó críticas por parte de restauradores, historiadores, etc- no surgió con un objetivo artístico, más bien, como revela en su autobiografía fue una “travesura”, ya que el objetivo era mostrarle a su hermano cómo funcionaba la captura automática y continua de una cámara. Sin embargo, entendió luego, que no había surgido de la nada: “Este acto de destrucción caprichoso, fatuo, fue solo una más de mis muchas extravagancias. El arte se esconde en lo más oscuro de las profundidades de nuestra mente”.

A pesar de que su nombre no puede disociarse de la cuestión política, Weiwei no se orientó hacía allí desde sus inicios. Cuando vivió en Nueva York, donde conoció la obra de Marcel Duchamp, que cambiaría su manera de entender el arte, sobrevivió con múltiples oficios y ganaba algo de dinero realizando retratos en carbonilla en Greenwich Village. Sin embargo, unas fotografías que vendió al New York Times sobre la represión policial contra los habitantes del East Village que desafiaron un toque de queda fueron su punto de partida. 

Ya de regreso en su país editó dos libros emblemáticos, The Black Cover Book y sus secuelas, el White y el Grey, donde reunió el arte chino disidente de ese momento, que terminan politizándolo. Fue en esa época cuando realizó la famosa fotografía rompiendo el histórico jarrón, comprado en una de las tiendas de antigüedades que solía recorrer junto a su hermano. 

Como activista, Weiwei trabajó en varios proyectos de investigación ciudadana, con la realización de una decena de documentales, siendo el primero Little Girl’s Cheeks, realizado tras una tragedia de 2008, cuando un terremoto produjo la caída de escuelas (realizadas con materiales precarios) y la muerte de 5196 estudiantes, datos que el gobierno había ocultado y al que se llegó con un trabajo de campo en diecisiete distritos tanto de Weiwei como de colaboradores ad hoc a los que contactaba a través de su blog, hoy ya eliminado de la web. De esta experiencia, por ejemplo, nació la obra Straight, que incluyó la impresión de todos los nombres de los jóvenes fallecidos, para el Museo de Brooklyn en 2014.

 
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Straight, 2008-2012. 

 

Me había transformado, al parecer, de artista en activista social. No es en absoluto difícil que suceda: tan pronto como empiezas a mostrar preocupación por el futuro del país, ya has emprendido el camino que te puede llevar directo a la cárcel”, dijo.

Siempre observado por el partido, perseguido, Weiwei vio cómo arrestaban colaboradores, instalaban cámaras frente a su estudio, y llegaron a propinarle una paliza de madrugada en un hotel para que no atestiguara ante un tribunal por el caso de la detención de un activista. Sin embargo, fue en 2011 cuando estuvo detenido-desaparecido por ochenta y un días que su nombre alcanzó fama internacional, con pedidos de aparición con vida en EE.UU. y Europa.  

En la actualidad reside en Portugal, en un autoexilio, luego de pasar por el Reino Unido y Alemania, país que abandonó tras denunciar experiencias xenófobas. Sueña con regresar a China pero sabe que de hacerlo nunca lo dejarían abandonar el país. Y así, ese artista que denunciaba al poder chino desde adentro, solo puede hacerlo desde afuera, aunque en su país ya no sepan de su existencia.

 

 

 

 

 

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