William Kentridge y el dibujo del inconsciente

Dibujante, escenógrafo y realizador audiovisual, en su cortometraje animado La escritura automática, el artista sudafricano se aleja de las temáticas del apartheid y el colonialismo, para indagar en las profundidades de su universo onírico.  
Por Fernando García

 

Dice William Kentridge (Johannesburgo, 1955) que el sentido del mundo está dado por el tipo de contrato que se establece entre el brazo, el hombro y la mente. De ahí que todo su expertise en la animación fuera volcado en 2003 en un cortometraje conocido como La escritura automática donde intenta mostrar en una imagen que es lo que constituye un pensamiento, cuál es su manifestación visual-pura y qué es lo que hace que, por ejemplo, Guillermo Kuitca convierta en obras esas mesas redondas que se van atiborrando de garabatos, listas de compras, teléfonos, signos que se descartarían en una OBRA, como espermatozoides disparados sin puntería. En la línea ya está la persona, pero sobre todo en ese acto inconsciente de dibujar porque sí. Kentridge dice que no podría hacer lo que hace con actores y por eso mismo sus imágenes en movimiento parecen una forma previa al cine. La rara ucronía de los estudios Lumiton pero en el siglo XVIII. Hay en obras como La escritura automática una rara textura que está imbricada en su propia raíz. Como si Kentridge quisiera mapear el automatismo con el que Breton y Soupault pavimentaron el camino al surrealismo con Los campos magnéticos.

La escritura automática es la historia, al fin, de un dibujo que se convierte en artista. Aquí más que hoja en blanco lo que hay es un hombre (con la mente en) blanco listo para ser invadido por la jungla sin ley del inconsciente. Y si, en Kentridge confluyen dos vías a las vanguardias de principios del siglo XX: la puerta abierta por Sigmund Freud a partir de Traumdeutung (La interpretación de los sueños) en 1900 y el (re) descubrimiento de África como cuna sin ataduras del arte moderno (Picasso). Sus posturas anti apartheid (¿Alguien imagina la proyección internacional de un artista pro-afrikaner? ¿Habrá algo así de aberrante?) no pueden ponerse por delante de su maestría para hacer del dibujo un arma contemporánea sin perder esa característica atávica que lo constituye. ¿Quién no dibujó nunca? O poniéndolo en la lógica Kentridge: ¿Quién nunca fue dibujado? Su obra se podría resumir en el silogismo de nuestro Jorge de la Vega, de quien Kentridge ni siquiera sospecha su existencia, a pesar de compartir hemisferio. “El gusanito va paseando y en el pastito va dibujando un dibujito/que es igualito al gusanito/Y el dibujito va paseando, y en el pastito va gusaneando el gusanito que es igualito al dibujito”. No debe haber nada mejor que escribir sobre el arte de la animación según Kentridge, pero la geopolítica de la cultura visual tiene estas cosas. El artista nunca lo sabrá. 

Kentridge filma, borra, dibuja, vuelve a filmar. Dos cuadros por dibujo. La cámara de cine retrocede a su antecedente inmediato, la fotografía. Y todo lo que esta, ya estaba. Solo que lo olvidamos al despertar para entrar en otro sueño que mañana volverá a borrarse. El dibujito tiene nuestra forma y nosotros la suya.  

 

 

 

 

 

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