Tras cinco ediciones en Sāo Paulo, la feria ArPa se llevó a cabo por primera vez en Buenos Aires bajo la codirección de Flavia Masetto, consultora de arte argentina, y Camilla Barella, su fundadora; con una propuesta adaptada a la Casa Victoria Ocampo. Llevar una feria de arte a otro país implica mucho más que trasladar un modelo de negocios. Supone reconocer las particularidades de una escena, construir nuevas relaciones y encontrar una escala capaz de responder a las condiciones de un mercado diferente. Después de consolidar su proyecto en São Paulo, ArPa eligió Buenos Aires para dar su primer paso internacional. Entre el 16 y 20 de septiembre, la Casa Victoria Ocampo propuso una experiencia muy distinta a la que ofrece Mercado Livre Arena Pacaembu, donde se realiza la feria en Brasil. Con un protagonismo marcado de galerías locales y un programa paralelo de visitas a colecciones, talleres e instituciones, la propuesta buscó generar un intercambio entre ambas escenas antes que reproducir una fórmula importada. Al frente del proyecto, Camilla Barella repasó el proceso que hizo posible su llegada a Buenos Aires, las particularidades que encontró en el mercado argentino y los criterios con los que evalúa el resultado de esta primera experiencia.
—¿En qué momento la posibilidad de llevar ArPa a Buenos Aires se convirtió en una decisión concreta? ¿Qué fue exactamente lo que vino a buscar ArPa aquí? ¿Qué fue lo que justificó, después de cinco ediciones exitosas en São Paulo, hacer la primera versión internacional de la feria, y en Buenos Aires?
—Siempre digo que mi vida profesional fue y es una combinación de estrategia y oportunidad. A veces tengo un camino pensado, pero también aparecen oportunidades inesperadas que me llevan a otros lugares. Con ArPa fue así desde el comienzo. Yo trabajaba en Frieze, y tener mi propia feria no estaba en mis planes. Fue una propuesta de las galerías la que me llevó a organizarla. Cuando hicimos la primera edición en São Paulo, en 2022, ya en la pospandemia, tenía claro que quería incorporar galerías internacionales. Una galería brasileña me puso en contacto con Isla Flotante, que participó de esa primera edición, y a partir de ahí empezamos a construir relaciones con otras galerías argentinas. Ahí apareció la oportunidad, después vino la estrategia. Argentina está muy cerca y tiene una enorme potencia artística, hay artistas magníficos. Si pensamos en movimientos como el concretismo, por ejemplo, éste se desarrolló antes en Argentina, aunque internacionalmente se lo asocie más con Brasil. Cuando hay una escena artística de esa calidad, siempre hay posibilidades de crecimiento. Para mí, los artistas son la semilla de todo. Sin ellos no hay mercado, coleccionistas, galerías ni museos. A partir de ArPa São Paulo fui desarrollando vínculos con galerías argentinas y con Meridiano, la Cámara Argentina de Galerías de Arte Contemporáneo. También, empezamos a traer coleccionistas y asesores a la feria en Brasil. Flavia (Masetto) fue quién se acercó a conversar sobre la posibilidad de hacer ArPa en Buenos Aires. Fue una propuesta suya la que nos abrió esa puerta. Después de una visita a Buenos Aires organizada por PromArgentina y Meridiano, la escena local terminó de confirmar mi interés. Encontré galerías serias, con buenos espacios, programaciones y mucho trabajo detrás. Para mí, lo fundamental es que la feria funcione como un puente. No tiene sentido venir simplemente a traer propuestas de Brasil. La idea es intercambiar, construir juntos y lograr que las escenas y los mercados se complementen.
—¿Cuál crees que era el mayor interrogante antes de inaugurar ArPa en Buenos Aires? ArPa ya tenía una identidad y una estructura en São Paulo, ¿qué tuviste que repensar del modelo en Brasil para que funcionara en un contexto diferente?
—Mi principal preocupación era cómo mantener la esencia de ArPa São Paulo, sin dejar de considerar las particularidades de Buenos Aires y de Argentina. Esa identidad la hemos construido, en gran medida, a través de la selección de galerías. Trabajamos por invitación, y los proyectos que presentan las galerías pasan por un comité de evaluación. Hay una mirada curatorial muy específica, que prioriza la calidad por sobre la cantidad. Buscamos ofrecer una experiencia cuidada, no solo en relación con las obras, sino también con los vínculos entre nosotros y las galerías, y entre las galerías y los visitantes. Al mismo tiempo, cuando una feria se expande internacionalmente, no me gusta que la experiencia se sienta ajena al lugar que la recibe. No me interesa que llegue un equipo de otro país a instalarse y simplemente imponga su propuesta. Para mí, es fundamental que exista una esencia local. Por eso, las galerías argentinas tuvieron un protagonismo central, acompañadas por algunas galerías brasileñas e internacionales. Tener una socia como Flavia fue muy importante para esto, ella aportó el conocimiento y la mirada local. También fue fundamental formar un equipo con una sensibilidad compartida. Las relaciones humanas son centrales en este trabajo, necesitamos personas comprometidas, apasionadas por el arte y que entiendan el valor del cuidado, la escucha y el diálogo, tanto con las galerías como dentro del propio equipo. Inicialmente pensamos en un modelo más similar a la de São Paulo, en cuanto a escala, pero entendí que debíamos trabajar de otra manera. Creo que adaptar el formato fue un acierto. ArPa tiene una identidad propia, pero esa identidad no puede construirse de espaldas al contexto en el que se desarrolla. Había algo muy particular del lugar en dónde se llevaría a cabo, la Casa Victoria Ocampo.
—¿Qué crees que ganó y qué tuvo que resignar ArPa al elegir una sede patrimonial, tan diferente del Mercado Livre Arena Pacaembu en São Paulo?
—La diferencia de escala entre ambos espacios es enorme. Sin embargo, hay algo que comparten, los dos son espacios públicos, con una historia y un legado que deben ser cuidados. Flavia sugirió la Casa Victoria Ocampo, la sede del Fondo Nacional de las Artes, y la propuesta tuvo mucho sentido. Era una escala ideal para una primera edición, porque nos permitía trabajar con un criterio muy preciso y prestar especial atención a las galerías y a la experiencia de quienes visitaban la feria. También había algo significativo en trabajar con un edificio patrimonial. La preservación, el cuidado y el respeto por una historia forman parte de la esencia de ambos proyectos, aunque se expresen en formatos diferentes. En la Casa Victoria Ocampo tuvimos que adaptar el espacio para recibir la feria, pero también buscamos cuidarlo y poner en valor sus características. Me pareció mucho más interesante desarrollar una propuesta que dialogara con ese contexto que intentar reproducir algo parecido a lo del Mercado Livre Arena Pacaembu. La feria tiene que poder trasladar su esencia sin perder de vista dónde está. Para mí, esa adaptación es parte de lo que hace que el proyecto tenga sentido.
—Hace muchos años que trabajas en el mundo del arte, y desde distintos espacios, contextos, e instituciones. Antes de la feria, ¿tenías alguna hipótesis sobre el mercado argentino que querías testear? Ahora que terminó, ¿crees que cambió tu percepción sobre su potencial real después de esta primera edición?
—Sí, totalmente. En Brasil existe la percepción de que el mercado argentino está menos desarrollado o es más pequeño. Pero también sabemos que faltan datos e investigaciones que permitan comprender mejor las dimensiones reales de nuestros mercados, muchas veces trabajamos sobre percepciones. Yo veía que en Buenos Aires había muchas galerías, algunas con una trayectoria de décadas, y una feria consolidada desde hacía muchos años. Si existe ese entramado, es porque existe un mercado sólido. La experiencia confirmó no solo que hay un mercado fuerte, sino también que tiene posibilidades de expansión. Me sorprendió muy positivamente el interés de la gente y la calidad de las conversaciones. La situación económica y las limitaciones financieras son factores que condicionan el desarrollo del mercado, obviamente, pero el interés que encontramos fue magnífico. Percibí una sociedad con muchas ganas de conocer el arte en profundidad, no solamente de acercarse a él de una manera superficial. Argentina es un país con una enorme riqueza cultural, y creo que una feria puede contribuir enormemente a ampliar esa comunidad cultural, generar nuevos vínculos con el coleccionismo internacional y sumar propuestas al calendario cultural de Buenos Aires.
—Hiciste hincapié en la potencia y el valor de la producción artística argentina. ¿Qué crees que puede encontrar un coleccionista extranjero o brasileño en ella que no se encuentre en otros lados con tanta facilidad?
—Hay movimientos y tradiciones que compartimos con otros países sudamericanos, como el concretismo y el arte cinético. Pero hay algo que, desde mi perspectiva personal, me interesa especialmente de la producción argentina: cierta inclinación hacia el humor y la provocación. En Brasil encuentro con frecuencia un costado más poético y subjetivo. En la producción argentina, en cambio, hay una relación particular con el humor, el sarcasmo y una manera de abordar la cultura popular desde lo divertido, lo absurdo o incluso lo surrealista. No hablo de un humor ingenuo. En muchas propuestas, especialmente en la producción más joven, hay una provocación que se expresa a través de la ironía y la gracia. Me parece una característica muy interesante y una de las particularidades que pueden despertar la curiosidad de coleccionistas de otros países.
—¿Con qué indicadores evaluás el éxito de esta primera edición? Más allá de las ventas, ¿qué aspectos fueron para vos los “destacados” que hicieron de esta feria un éxito?
—Creo que el éxito es el resultado de un conjunto de decisiones. La escala fue importante, al igual que la elección del espacio. El programa Prisma, que desarrollamos en paralelo, a través del cual invitamos personas de Perú, Uruguay, Los Ángeles, Brasil y otros lugares, con el objetivo de que conocieran no sólo la feria, sino también la ciudad y su producción artística. Organizamos visitas a talleres, colecciones e instituciones porque considero que esa experiencia es fundamental para generar un vínculo real con la escena local. Creo que uno de los principales indicadores del éxito fue ver que las galerías estaban contentas. Fueron muy abiertas y acogedoras con la llegada de ArPa. Los galeristas son quienes están en contacto directo con el público y construyen buena parte de la atmósfera de una feria. Cuando están entusiasmados, eso se transmite y también favorece las ventas. Hubo resultados comerciales muy positivos. Galerías con rangos de precios más accesibles vendieron, pero también lo hicieron galerías con rangos de precios más altos, algo que me sorprendió gratamente. La propuesta logró convocar a públicos muy diversos, desde personas que recién estaban empezando a coleccionar, hasta coleccionistas de obras históricas. Todas las galerías tenían espacios iguales, en términos de metraje. Eso permitió evitar jerarquías y generar una convivencia interesante entre propuestas muy diferentes. Había galerías jóvenes junto a otras con mayor trayectoria. Por ejemplo, La Mala, una galería con seis meses de existencia, estaba ubicada al lado de Almeida e Dale, una galería brasileña más tradicional. A ambas les fue muy bien comercialmente. Esa convivencia entre generaciones y modelos distintos me parece fundamental. Yo creo que para pensar el futuro, también es importante mirar el pasado. Me encanta cuando las instituciones proponen muestras que desafían las cronologías tradicionales y ponen en diálogo obras de distintas épocas a partir de conceptos compartidos. En ArPa buscamos generar algo de esa misma lógica.
—¿Qué te gustaría que las galerías se lleven de esta primera experiencia en ArPa Buenos Aires?
—Las ventas son esenciales, por supuesto. Pero siempre pienso que una feria no se limita a sus cinco días de duración, sino que también incluye todo el trabajo previo y lo que sucede después. Me gustaría que las galerías se llevaran nuevos vínculos, conversaciones y relaciones que se hayan construido o fortalecido durante la feria. Uno de los coleccionistas que participó del Programa Prisma ya conocía una de las galerías y su equipo, pero me comentó que nunca habían tenido el espacio para sentarse a conversar y conocerse realmente con su director. No solo compró una obra, sino que ahora tiene una relación mucho más cercana, y están en contacto. Ese es el tipo de experiencia que me interesa generar. Por su escala y por la manera en que está concebida, ArPa busca ofrecer un espacio para mirar, conocer y conversar con tiempo. No queremos que todo quede reducido a una transacción o a una experiencia efímera. La idea es que las relaciones que se construyen durante la feria puedan continuar mucho después de que termine.
—¿Hay planes para una segunda edición de ArPa Buenos Aires? ¿Te imaginás una feria más grande o de la escala de esta primera edición?
—Sí, hay planes para una nueva edición el próximo año. Todavía estamos evaluando la escala. Creo que ArPa va a crecer, indudablemente, pero siempre con la condición de no perder el foco en la calidad y de que el crecimiento sea sustentable para nosotros, para las galerías y para todo el ecosistema. Quizás la próxima edición crezca un poco, quizás mantenga una escala similar. Todavía es pronto para definirlo. Lo que sí tengo claro es que queremos preservar la esencia de ArPa y seguir priorizando la calidad, el cuidado y la construcción de relaciones a largo plazo.












